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Jugadores, Don DeLillo
Llegás, 2 de junio de 2005

Terror y Paz

Lyle, agente de bolsa, y su esposa, Pammy, aparentan ser una pareja satisfecha y feliz. En realidad son dos pobres neoyorquinos aburridos de sus trabajos y de su vida conyugal. No les basta con vivir sus vidas, quieren otras: Pammy viaja a Maine junto a una pareja de homosexuales y se convierte en la amante de uno de ellos, mientras que Lyle comienza una relación con una misteriosa secretaria y termina oficiando de doble agente entre el FBI y una célula terrorista. Jugadores evoca los riesgos de una catástrofe que anida en la cotidianeidad y la atracción que ejercen en la gente las organizaciones secretas.
Don DeLillo es uno de los pocos que resiste una comparación con los mejores escritores norteamericanos del siglo XX. La novela, publicada originalmente en 1977, define al "primer" DeLillo (el de Americana, Los nombres, Ruido de fondo, Libra) y al mismo tiempo lo diferencia del "segundo" (el de Mao II, Cosmópolis y Submundo): una escritura breve, seca; la relación entre lo privado y lo clandestino; el ambiguo intercambio con el terrorismo, las organizaciones secretas y la inquietante interacción entre éstas y las pulsiones eróticas (en Submundo, por ejemplo, la visión del mundo parece ampliarse, y el texto avanza en un complejo, frenético, dramático e irónico itinerario norteamericano).
Por cada día que comienza como es debido hay otro que termina en el tacho de basura. En el medio puede haber algo de paz, incluso mucha, la de cerrar detrás de nosotros la puerta de casa, cuyo parquet ya está empezando a debilitarse bajo el peso de los libros que tiene encima. Nunca sin antes de haber sacado con pulcritud la basura a la calle. Una basura que jamás es limpia, que no perfuma nada. Entonces, si el día comienza con una sonrisa geométrica y sardónica, lo más probable es que todo acabe hojeando el diario y las revistas de unos años atrás. En suma, para ser breve, alguien, en uno de esos diarios, hablaba de los distintos derrumbes con que se iniciaron los años noventa. Si por algo se caracterizaron los años noventa fue por sus variados derrumbes. De eso hablaba el triste Jonathan Franzen en Las correcciones y el inmenso Don DeLillo en Submundo. Entre los restos del muro de Berlín y del imperio soviético, cuyas caídas se festejaron con sonrisas robadas a los ángeles, y los de las carnicerías ocultadas por el llanto de los dolientes, neuróticas, dignamente sepultadas de las dos torres de cristal. Así pasó una década. Sólo que el submundo no se derrumbó, todo lo contrario: está en plena construcción.
Amamos a DeLillo cuando sus personajes se relajan y mantienen diálogos banales y absolutos mientras abren o cierran la heladera o miran la tele. Amamos a DeLillo por sus ruidos de fondo, esos que sólo se oyen leyéndolo; o los colores, que están todos allí, bajo del cielo de New York. Amamos a DeLillo porque no quiere estar cerca de nosotros: "mantente lejos", parece decirnos, "lo más lejos que puedas". Y en medio de todo eso, en medio de esa convulsión de obsesiones históricas, el hombre desnudo espera el temporal, concediéndose antes algún que otro gesto amoroso, de esos que preceden a los grandes cambios, que se darán pocas páginas más adelante.
DeLillo pone de manifiesto que el desarrollo tecnológico está indisolublemente ligado a los desechos que él mismo produce, y que dichos desechos son el precio de la modernidad. Desechos en sentido literal, pero también desechos humanos.
Jugadores habla del terrorismo, pero con la confusión y la ambig├╝edad con que podía pensarse en los Estados Unidos de los años 70, al borde de las conciencias, no en pleno centro, como ahora. Cuando el terrorismo no era capaz de influir en la gente como sólo el gran arte puede hacerlo.
Dice DeLillo: "A Pammy las torres no le parecían una estructura permanente". Es algo que nos toca de entrada. DeLillo se pone manos a la obra y agita debajo de nuestras narices ciertas tramas fijas, rituales, como son rituales ciertos nombres y las interpretaciones que derivan de ellos. Tramas que obedecen a determinadas leyes narrativas y al mismo tiempo a realidades universales. Y las palabras que vuelven son siempre las mismas: Terror y Paz, Terror y Paz. Otro modo de decir sonrisa.